LECTURAS | Un thriller escrito como un diario: “Mírame”, de Antonio Ungar

07/04/2018 - 12:03 am

“Al otro lado de los patios, en el quinto piso del  número 21 de la Rue C, hay ahora una familia. Llegaron el lunes. Son oscuros. Hindúes o árabes o gitanos. Han traído a una hija.” Esta es la primera anotación del protagonista de esta novela, un personaje solitario, obsesivo, que se automedica, vive apegado al recuerdo de su hermana muerta y habita en un barrio en el que cada vez hay más inmigrantes. Un personaje que lo escribe todo de forma minuciosa en su diario.

Ciudad de México, 7 de abril (SinEmbargo).- A través de sus páginas, el lector será testigo de cómo observa a sus nuevos vecinos, de los que sospecha que trafican con drogas. Descubrirá también cómo se va obsesionando con la hija, a la que acaba espiando con cámaras ocultas que le permiten verla desnuda en el baño, mirando por el balcón, tendida en la cama, siendo agredida por uno de sus hermanos. A partir de ese momento el personaje pasará de la observación a la acción, mientras se deja enredar en la tela de araña de la chica a la que contempla, creyendo saberlo todo sobre ella, aunque acaso las cosas no sean como él piensa y acaso alguien lo esté observando a él.

Y mientras la tensión –erótica y violenta– aumenta, el narrador empieza a sentirse perseguido, modela en yeso unas enigmáticas esculturas de ángeles y se prepara para hacer algo que lo cambiará todo… Antonio Ungar ha escrito una novela absorbente, inquietante y perturbadora. Una reflexión acerca de la inmigración y la xenofobia. El portentoso retrato de un personaje arrastrado por una obsesión enfermiza que, en un imparable crescendo, desemboca en terrenos propios del thriller más sombrío.

Mírame, contada a través de un diario. Foto: Especial

Fragmento de Mírame, de Antonio Ungar, con la autorización de Editorial Anagrama

Al otro lado de los patios, en el quinto piso del número 21 de la Rue C, hay ahora una familia.

Llegaron el lunes.

Son oscuros.

Hindúes o árabes o gitanos.

Han traído a una hija.

*

La hija tiene diecisiete años y las piernas muy largas.

Los otros tres parecen ser un padre y dos hermanos y todos se visten igual: bluyines casi blancos, tenis, chaquetas de falso cuero negro demasiado ceñidas. El que puede ser el hermano mayor es alto, flaco, tiene la cara angulosa y los ojos hundidos. Es menos oscuro que los demás y la mira como si la deseara pero a veces mira también el suelo. Parece un preso.

Un diario en el que anotes cada cosa que te pase.

Un diario, eso te ayudará.

No dejes nada afuera, dijiste.

No escondas, nadie más que tú lo leerá.

Eva, mi adorada Eva, hermanita dulce, destinataria única de estas palabras, muerta demasiado pronto. Lo dijiste el primer día del primer año de la secundaria, tú luminosa y triste, yo a tus pies.

Un diario, eso te ayudará.

*

El baño está sucio. No lo limpio desde anoche y ya puedo imaginar los gérmenes preparándose para salir de sus huevos. Entre las ocho y las ocho y cuarenta y cinco minutos lo limpiaré, lo perfumaré, lo haré brillar. Te harían sentirte orgullosa, mi brillo y mi olor, Eva mía, si estuvieras viva.

*

Escribí cada minuto de lo sucedido ayer entre las once y las doce de la mañana. La preparación de las verduras hervidas y de las horneadas, el lavado de los platos, de la olla, de la bandeja, del vaso, la medición de la sal en el salero y de la pimienta en el pimentero y del arroz y de los cereales en sus frascos transparentes. Las palpitaciones del corazón al ver cómo el trabajo del día se acumulaba. Después solamente trabajé, hasta las tres y trece de la madrugada, hasta masticar las verduras mirando el papel de colgadura con formas geométricas (rombos en colores pastel, diamantes grises, círculos amarillos) repitiéndose al infinito como tu sagrado nombre en este diario, Eva de mis dolores.

*

Son las tres de la mañana y ya debería estar durmiendo pero sigo mirándolos a través de la franja de luz que dejan las cortinas casi cerradas. A las doce de la noche, mientras los demás dormían, la hija, la morena, salió al balcón y les echó agua a unas materas que parecen no tener más que maleza seca. Se vio más joven así: con una camiseta sin mangas como las que usan los basquetbolistas pero blanca y de algodón, tal vez de uno de sus hermanos. Me alejé de la cortina antes de verle los pezones, que existían.

*

Hoy el teléfono sonó a las nueve y trece de la mañana. Una empresa holandesa quiere que traduzca un folleto de comidas congeladas. De la versión en inglés al francés y al alemán y al castellano. Pagan tres mil euros y son treinta páginas con ilustraciones. Me buscan porque cobro una tercera parte de lo que cobran los demás y soy preciso y tengo experiencia. Acepto.

*

La joven oscura guardó monedas y un billete azul bajo el cojín del sofá ¿escondiéndolos del que parece ser su padre?, ¿de los que parecen ser sus hermanos?, ¿de unos ladrones a los que teme como si estuviera todavía en Calcuta o en El Cairo?

*

Se volvió a poner la blusa sin mangas y a través de la franja de mi cortina no pude evitar ver la redondez de sus hombros y más abajo, ahora en la realidad, sus pezones jóvenes. Me lavé con agua fría el cuerpo entero, fregándome hasta que la piel me ardió, libre de toda suciedad. Me tomé dos miligramos de Clonazepam para evitar pensar antes de estar dormido (para evitar tener sueños en los que ella pudiera mirarme con sus ojos negros muy abiertos).

*

Se llama Irina.

Diecisiete años, sí.

Me lo dijo la rumana de la tienda.

Irina, esa criatura oscura, como si fuera rusa.

No puede ser.

Está claro que son criminales, sus hermanos, y parecen estar tramando algo ¿Un robo? ¿Una estafa? ¿Un asesinato?

Con los binoculares lo pude ver todo anoche.

Mientras los hombres hablaban (con las jetas muy cerca una de la otra, agachados sobre la penumbra de la mesa cuadrada, como la jauría de perros hambrientos que son), ella pasaba un trapo por el mesón de la cocina. Parecía oírlos pero también parecía no querer estar, estar en otra parte.

*

Estuvo barriendo las colillas que habían dejado los hombres.

Miró el suelo, mientras barría, pero seguía sin estar ahí.

Sus pensamientos siempre parecen estar en otro lado, fuera de la ciudad, fuera de los campos verdes de la vieja república, en las selvas o en los desiertos de los que han venido.

Cerré la cortina.

*

Esta mañana me tomé una pastilla de Ritalin.

Me la recomendó un farmaceuta del número 2 de la Place du DM. Es paquistaní pero se cree ciudadano. Se aburre, no tiene clientes, y así es mejor porque siempre dedica el tiempo que sea necesario para escoger la pastilla que mejor se ajusta a mi cuerpo.

*

En el supermercado grande, al que me niego a entrar, hay cada vez más oscuros, vendiendo y comprando. El barrio se está vaciando de personas y hace tiempo que se ensucia con esa avalancha que ya no se irá ni descansará hasta ensuciarnos a todos.

*

Irina, la niña morena, se tiñó de un rubio casi blanco los últimos centímetros del cabello negrísimo.

Se viste casi siempre con sudaderas grises o rosadas o doradas y calza zapatos deportivos de suela muy alta que le deben costar demasiado dinero o poquísimo. Tiene tatuado un escorpión en el cuello, bajo la oreja derecha, y cuando sale a la calle se pone viseras como de músico negro o de deportista negro, una distinta cada vez, y cadenas doradas alrededor del cuello. Dentro de la casa, en cambio, no es la misma. Siempre está jorobada, flaca, silenciosa, siempre es menos que los hombres. Come carne muy asada, papas fritas, hamburguesas, comida árabe o china que trae de la calle en cajas blancas. Se pasa la tarde contemplando los vidrios sucios de las ventanas, como si pudieran reflejarla, como si al otro lado no estuviera la fachada gris desde donde la miro. Está sola y rodeada de lobos.

*

Anoche su padre la tocó.

Tiene que ser su padre, el gordo.

Irina, jorobada, fuerte, con los pensamientos en otra parte, estaba lavando la losa que habían ensuciado esos que parecen ser sus hermanos y anoche también los amigos o los primos de esos hermanos. Estaba vaciando los ceniceros y los vasos que debían oler a mal aliento y a alcohol de oriente, a caries. Lo vi todo de muy cerca, a través de los binoculares. No pude dormir, después, y hoy tuve que darme una lección, trabajando sin desayunar ni almorzar hasta las cinco y treinta de la tarde.

Así fue. Pasó despacio por detrás, el viejo gordo, su padre, y metió esa garra de gitano o de árabe o de turco en la blusa sin mangas e intentó apretar uno de sus pezones. Ella lo quitó de un codazo pero vi (también desde mi penumbra, en la tensión de su cuello) que le tiene miedo. Después la bocota se acercó a esa oreja pequeñísima y le dijo algo con una sonrisa de dientes pequeños mientras ella tensaba mucho las mandíbulas, y después ese perro le metió la misma mano sucia de toda suciedad entre el pantalón de la sudadera, por delante, sujetándole la cintura con la otra.

*

Por la mañana estuvo mucho tiempo en la ducha.

825 segundos en lugar de los 698 de media. Vi el vapor saliendo por el vano pequeñísimo que está a la derecha de las ventanas de la sala. Olí desde mi lado del patio esa mezcla húmeda de jabón y champú y lo que debe ser crema para mujer joven. No es posible que lo haya olido realmente, estando tan lejos, con el aire sucio de la ciudad en medio, pero lo olí y también pude sentir la humedad fina del aire.

Después los vapores amargos de repollo y de carne de cordero y de manteca ahumada saliendo de las cocinas de los otros inmigrantes lo arruinaron todo y me pasé el resto de la mañana, de mis únicas vacaciones mensuales, quitando esa peste oriental de las paredes con esponjilla y lejía. Lo conseguí pero estoy exhausto (olí cada centímetro, muy despacio, al acabar).

Envié las traducciones del catálogo dos días antes de la fecha prometida y a quienes las pidieron les gustaron y pagaron a tiempo y todo está en orden, así es que esta noche me permitiré tener sueños. Mi voluntad no está todavía tan desarrollada como para saber qué habrá en esos sueños, así es que seguramente habrá solamente uno en el que el cerdo estará metiendo su garra blanca, sin pelo, llena de anillos, entre los muslos de la niña morena.

*

La describí, aquí mismo, con palabras, ayer, nada más despertarme. Su cuerpo, todo. Letra por letra. Al hacerlo ella se convirtió en otra cosa (en su cuerpo) y yo me convertí en algo mucho peor de lo que soy, y todo entre los dos se ensució. Mientras picaba unos pepinos cultivados en las fértiles tierras de la vieja república, impecables, me corté los dedos índice y corazón de la mano izquierda. Un tajo largo, ancho, perpendicular. Me quedé muchos minutos mirando esa sangre tan líquida saliendo de la carne abierta y cayendo sobre la tabla, mezclándose con el agua y el jugo de los pepinos, dibujando curvas en movimiento como si fuera un reptil vivo.

Después lavé la herida, hasta el fondo, desinfectándola, y dejé los dedos vendados y muy apretados. Boté toda la comida en una bolsa y bajé la bolsa al vertedero del andén.

*

Es su padre. El gordo sí es su padre, no lo he imaginado. Y los otros dos sus hermanos. Me lo dijo la rumana desdentada de la tienda de comida sin que yo se lo preguntara. Me dijo también que son paraguayos (de un país llamado Paraguay, en Sudamérica) y que nadie sabe a qué se dedican y que escupen en la calle y que había tenido que quitarle al más joven una lata de atún y otra de tomates picantes que quería robarse.

Me dijo también que son todos iguales, los sudamericanos. No tiene derecho a decirlo ella, que es rumana y habla como habla, aunque tenga razón. Pero yo no nací ayer y no le creo. No son sudamericanos. No se llamaría Irina, si fueran sudamericanos. No tendrían cara de gitanos ni de árabes ni de presos orientales, sino de indígenas sudamericanos o de españoles.

Después de las aclaraciones no pedidas pensé que no debería comprarle más comida a la rumana. Pero no hay más tiendas, en diez cuadras a la redonda. Solamente esos otros mercados, oscuros, infestados de orientales, olorosos a curry y a canela, llenos de plástico chino y de ropa barata y de latas vencidas y vegetales podridos.

Estuve a punto de gritárselo en la cara y lo hice, pero en mi cabeza: que se callara de una vez por todas, que su antro no olía mucho mejor, que la luz de los pocos ciudadanos que todavía entrábamos no era suficiente para limpiar la sucia oscuridad de los orientales. Pero ella huele a ajos y tuve que respirar por la boca cuando abrió la suya, con tres dientes de caballo, cuando se acercó mucho a mi cara y me guiñó el ojo diciéndome: “Irina es una joven muy simpática, pero eso ya lo habrás notado.”

No merezco esta calle, ni este barrio, ni esta ciudad enferma y con las piernas siempre abiertas.

*

Volví a soñar con la mano áspera de ese criminal analfabeto abriéndose paso, como un reptil musculoso, ombligo abajo, muy rápido, hasta las sombras que hay en las bragas de Irina, como si quisiera apretar a un pajarito que está ahí escondido. Me desperté con mucha sed y de camino al baño tuve que detenerme y me quedé hasta la madrugada mirando las ventanas completamente oscuras de su apartamento.

*

Suena otra vez el teléfono.

Esta vez una empresa nacional quiere traducir toda la publicidad y los folletos para una marca mundial de estilográficas de lujo. Plumas de oro y maderas raras y piedras brillantes, que venderán a cientos o miles de euros cada una. No me gusta el lujo, no pienso arrodillarme ante el lujo. Digo que no y me siento muy bien.

Hace seis años y diecisiete días que no uso el internet.

El internet es el basurero del mundo y no me gusta escarbar en la basura.

Quienes quieran mis traducciones, que llamen, una sola vez.

Y si no tienen pereza, que manden también una carta.

*

Me gustan los objetos, el peso real de la materia, los contornos definidos que separan todo lo que existe del vacío. Los pimentones que me ha vendido la rumana tienen tamaños distintos, hay tres rojos, tres amarillos y tres verdes. Uno tiene un hueco minúsculo por el que debe haber entrado un insecto o un gusano que me espera. Tendré que salir para devolvérselos.

*

Han estado toda la tarde sentados a la mesa, el viejo y los dos vástagos de la Rue C, los hermanos de Irina (en mis ojos, en los binoculares del cajón oscuro, que huelen a cuero mal curtido). Han estado fumando cigarrillos baratos, tomando un líquido blanco que debe ser un anisado pobre o un aguardiente mucho peor.

El viejo ha hablado poco, los ha escuchado, con gesto aburrido, y solo se ha movido para agarrar la muñeca de uno de los vástagos, que pretendía hacerse con algo parecido a una factura (los lentes de los binoculares acercan pero no pueden vencer la penumbra llena del polvo suspendido en esa pocilga).

Mientras los hombres hablan, Irina limpia el mesón de esa cocina abierta, a sus espaldas, sin mostrarles la cara pero sintiendo los ojos de perros recorriéndole el cuerpo, aburridos, distraídos, como si fuera inevitable.

Se va a dormir antes de que el viejo se ponga de pie.

La imagino cerrando la puerta con seguro, dentro de una habitación que debe ser minúscula.

La imagino también quitándose la blusa sin mangas, mirándose el ombligo y los hombros en un espejo sucio.

*

Me he lavado los dientes hasta sacarme sangre y después he hecho buches con jabón y después con alcohol. He estado a punto de darme por vencido, de pensar en ella, en todo lo que es, en todo lo demás: a punto de definir otra vez su cuerpo entero.

He podido evitarlo.

Sin darme golpes.

Han sido suficientes los movimientos del brazo y de la mano y del cepillo de dientes al final del brazo y de la mano, dentro de mi boca. Y el sabor y el dolor en esta boca.

Y ha servido también el diario, claro, describiéndolo todo.

*

Sueño con ella. En el sueño sus tetas, que nunca veré, son grandes, obscenas, demasiado blancas. Me dan asco pero ella me hace tocarlas con la mano abierta, me fuerza, mirándome a los ojos con los suyos siempre serios, y cuando por fin toco y regreso a su cara, me doy cuenta de que tiene las cuencas de los ojos vacías.

Me despierto sin hambre y me pongo a la tarea de traducir las instrucciones de uso de veinte productos comercializados por una distribuidora nórdica de partes mecánicas que me mandó una carta ayer. La noticia de mis precios bajísimos se sigue esparciendo como la hiedra.

Subo el volumen de las distorsiones en el radio mal sintonizado de la sala. Miro las imágenes de alta definición de bujías perfectas y pernos y tubos brillantes. Consiguen desplazar por unas horas el olor acre de las pesadillas.

Antonio Ungar, Colombia, 1974. Foto: Especial

Antonio Ungar (Bogotá, 1974). Escribe cuentos, crónicas y novelas. Sus relatos han sido publicados en más de veinticinco antologías en diez lenguas y están reunidos en el volumen Trece circos y otros cuentos comunes. Sus crónicas aparecen regularmente en revistas en Alemania, Holanda y Estados Unidos  y en Colombia fueron premiadas en 2005 con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros Zanahorias voladoras (2003), Las orejas del lobo(2005) y Tres ataúdes blancos, que ganó el Premio Herralde de Novela en 2010, fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2011, ha sido traducido a siete idiomas y está en proceso de ser adaptado al cine

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